Mayte Gómez Molina (Mérida, 1993) es una escritora, poeta y artista multidisciplinar cuyo recorrido vital y creativo está marcado por la superación de obstáculos personales, el cuestionamiento del sistema artístico y una profunda reflexión sobre el cuerpo, la clase y el deseo. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Joven 2023 por su libro *Los trabajos sin Hércules*, su primera novela, *La boca llena de trigo* (Anagrama, 2025), profundiza en las tensiones entre el arte, la salud mental y las estructuras sociales que condicionan la vida de las mujeres, especialmente en los mundos creativos.
Entre el arte y la supervivencia
En una entrevista con *Vogue España*, Gómez Molina habla con franqueza sobre los años previos a su reconocimiento: una época en la que trabajaba en investigación universitaria en Alemania, se levantaba temprano para escribir y sufría bloqueos creativos que, en ocasiones, derivaron en problemas físicos como la caída del cabello. “Tenía que escribir para no perder la cabeza”, confiesa. La noticia de que había ganado el premio —sin haberse presentado, ya que fue seleccionada directamente por el Ministerio de Cultura— la sorprendió en su casa en Alemania, desencadenando una semana sin dormir. Aquellos 30.000 euros no solo significaron una salida laboral, sino también el inicio de una nueva etapa personal y profesional, marcada por la inseguridad, el miedo al rechazo y, finalmente, la posibilidad de escribir con estabilidad.
La autora relata cómo el acto creativo se entrelaza con factores materiales y emocionales: “No somos máquinas. Creo que debemos respetar el tiempo que necesiten las cosas”. A diferencia de otros autores que publican con frecuencia, Gómez Molina defiende los ritmos lentos, el espacio para la duda y la necesidad de condiciones estables: una casa, un trabajo, amor, amistad. “Sin amor no se hace nada. Nada”, subraya. En su caso, el apoyo incondicional de su marido y el de un círculo de mujeres que la han acompañado han sido determinantes para poder escribir.
El cuerpo como territorio político

- Desde niña, Gómez Molina tuvo conciencia del cuerpo como objeto de control y juicio. A los ocho años, se pintó rayas en los muslos con rotulador para simular un físico delgado después de usar una bicicleta estática de su padre.
- Superó la anorexia tras varios ingresos y recaídas, pero mantiene una relación vigilante con la salud: “Es como cuando se te rompe un hueso y te duele cuando llueve”.
- Rechaza que su experiencia se reduzca a una cuestión de vanidad: “No tiene nada que ver con eso, sino con otras cosas súper profundas. Como no tienes control de ciertas cosas en tu vida, entonces controlas la comida”.
- En *La boca llena de trigo*, la protagonista vive bajo la mirada constante de lo que Gómez Molina llama “la policía del cuerpo”: una vigilancia social que dicta cómo deben ser las mujeres, especialmente en el ámbito del arte.
La escritora denuncia también el clasismo y el elitismo en los círculos culturales: “No entiendo eso de hacer que el otro se sienta menos. En el fondo es puro elitismo”. Recuerda cómo, al buscar trabajo tras su máster en Nuevos Medios en Chicago, eliminó todos sus premios del currículum por miedo a parecer “demasiado privilegiada”, cuando en realidad no lo era. Su trayectoria refleja una realidad común: el azar, el acceso a redes y el apoyo institucional marcan quién llega a ocupar ciertos espacios.
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A pesar de reconocer el papel del azar, Gómez Molina insiste en que “ninguna persona que ocupe un cierto espacio, ni siquiera tú o yo, lo hace por casualidad”. Detrás de cada logro hay esfuerzo, talento, pero también suerte. Ella misma fue jurado en becas y premios y asegura haber visto procesos en los que “donde estoy yo, podría estar otro. Por un punto”. Esta conciencia la lleva a valorar profundamente los gestos de generosidad: desde Noelia Ramírez, que envió su relato a su agente, hasta Chus Martínez, que le ofreció un puesto en la Academia de Arte de Basilea y, según dice, “me salvó la vida”.
Actualmente, Gómez Molina vive entre Alemania y España, y continúa escribiendo desde una práctica disciplinada: rutinas matutinas, horarios definidos, ventanas abiertas. Pero también desde una conciencia clara: el arte no surge del sufrimiento, sino de la estabilidad, del cuidado, del amor. “Sentir que te quiere la gente, que no te van a hacer daño, que no estás en peligro. Y que puedes ser quien tú eres”, dice. Esa, para ella, es la verdadera condición para crear.
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