Comentarios como “cómo nos estamos poniendo”, “esto engorda” o “ya compensaré esta noche” son habituales en muchas mesas, tanto familiares como entre amigos. Sin embargo, estas frases, aparentemente inocuas, forman parte de un discurso alimentario cargado de culpa y restricción que puede tener un impacto profundo en la relación que las personas tienen con la comida y con sus cuerpos. Aunque poco a poco se empieza a cuestionar esta mentalidad, aún persiste una cultura en la que el valor de un alimento se mide más por su contenido calórico que por su aporte nutricional o su capacidad para generar placer.
El peso de las palabras en la mesa
Desde la infancia, muchos hemos escuchado comentarios sobre el peso, las dietas milagro o la necesidad de “compensar” ciertas comidas. Frases como “después de esto no ceno” o “no debería, pero me lo merezco” refuerzan una visión binaria de la alimentación: hay alimentos buenos y malos, permisos y castigos. Esta dicotomía no solo distorsiona la forma en que comemos, sino que también afecta el clima emocional de las reuniones sociales. Como señala la psiconutricionista Itziar Digón, “la culpa no puede ser el punto de partida para cuidarte”. Sin embargo, sigue siendo común que al pedir una hamburguesa o un postre, surja de inmediato una justificación o un comentario de arrepentimiento, lo que termina convirtiendo un momento de disfrute en una especie de examen constante.
¿Qué consecuencias tiene este tipo de diálogo?

- Normaliza la culpa al comer: Asociar ciertos alimentos con sentimientos de arrepentimiento refuerza una relación tóxica con la alimentación.
- Afecta a quienes escuchan: Estos comentarios no solo influyen en quien los pronuncia, sino también en quienes están alrededor, especialmente en niños y adolescentes, que están formando su autoimagen y sus hábitos alimentarios.
- Transmite un modelo de perfección imposible: La necesidad constante de controlar lo que se come y cómo se ve el cuerpo promueve estándares poco realistas y fomenta la insatisfacción corporal.
La psicóloga Marta Calderero explica que este tipo de lenguaje no es neutro: “Lo que decimos construye significado. El discurso se contagia y muchas veces se internaliza”. Cuando alguien dice “esto engorda” o “no debería”, no está solo hablando de comida, sino mostrando una relación marcada por el juicio, la ansiedad y el control obsesivo. Este modelo social influye directamente en cómo comemos, ya que tendemos a ajustar nuestro comportamiento según lo que vemos y escuchamos en nuestro entorno.
Hacia una alimentación consciente y sin juicios
La psiconutrición y la nutrición emocional están ayudando a transformar esta visión restrictiva. Cada vez más expertos insisten en que comer debe ser un acto placentero, no una fuente de estrés. “Cuidar la autoimagen también es poder sentarse a la mesa y sentirse tranquila. Sin culpa. Sin comparación. Simplemente presente, disfrutando del momento”, afirma Calderero. La salud no se mide solo en kilos ni en calorías, sino en el bienestar integral: descanso, salud mental, equilibrio hormonal y una relación sana con la comida.
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Mayte Gómez Molina revela por qué nadie ocupa un lugar por casualidadComo reflexiona la nutricionista Azahara Nieto en su libro *La culpa engorda*, la báscula no capta aspectos fundamentales como la calidad del sueño, el estado emocional o la aceptación corporal. Dejar de sentir culpa por cada bocado, comer por placer y no por obligación, y moverse por disfrute y no como castigo son pilares esenciales de un verdadero autocuidado. El reto está en cambiar el diálogo interno y colectivo: dejar de juzgar lo que comemos y lo que comen los demás, y empezar a ver la comida como un recurso valioso, diverso y digno de disfrute, sin etiquetas ni castigos.
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