La primera vez que sentí lo que era ser fan tenía once años. El objeto de mi admiración no era una estrella de cine ni una cantante internacional, sino Carla S., una estudiante de dos cursos superiores en mi colegio. A sus ojos, avanzaba por los pasillos con una elegancia que parecía salida de una pasarela: cuello erguido, paso lento, una postura que mezclaba altivez y gracia. Muchas de nosotras imitábamos su peinado, aunque rara vez lográbamos el mismo efecto. Su uniforme, siempre ligeramente modificado —los zapatos, el niqui más corto, los calcetines en un granate distinto—, se convertía en objeto de estudio. A su alrededor circulaban rumores que, con el tiempo, adquirieron el tono de leyenda: nadie la había besado, decían, excepto un universitario que, según se susurraba, le había roto el corazón. En una clase de lengua, una compañera marginada le dedicó un poema humillante; Carla salió del aula llorando, pero al día siguiente su actitud era la misma: distante, inalcanzable. Yo la amaba.
Entre la admiración y la obsesión
Con los años, esa devoción infantil mutó en otras formas de fijación. Hubo una época en la que mi pared estaba cubierta de recortes de Agyness Deyn, la modelo británica cuyo pelo albino y estilo desafiante me fascinaban. Luego llegó mi etapa con Interpol: pasaba horas leyendo entrevistas, estudiando sus letras, analizando sus videoclips en YouTube. Aunque vivían al otro lado del océano, sentía que los conocía. Sabía sus comidas favoritas, sus películas, sus manías al tocar. Esa cercanía era ilusoria, pero intensa. La relación de fan siempre contiene un desequilibrio. El afecto no se basa solo en la admiración, sino en una mezcla de idealización, proyección y, a veces, necesidad de pertenencia.
El fotógrafo Planes, que ha documentado escenas de fans en eventos como el Festival de Cannes y desfiles de moda en París, describe cómo los jóvenes se agrupan horas antes de los estrenos, con carteles hechos a mano, buscando captar la atención de una celebridad o colarse en una fiesta exclusiva. “En junio de 2023, en el desfile de Loewe por Jonathan Anderson, vi a chicas asiáticas gritando eufóricas por ver a sus ídolos del K-Pop. Una llevaba un cartel con corazones dibujados. Era muy ‘cute’”, recuerda. En otros eventos, como el último show de Matthew Williams para Givenchy, los fans se agolpaban sobre los coches que llegaban, sin vallas que los contuvieran. “La seguridad intentaba contenerlos, pero sin mucho éxito. Lo curioso era ver a uno de los guardias sonriendo emocionado al tener frente a él al mismo artista que debía proteger”, añade.
El lado oscuro del fandom

- La admiración puede volverse exigente: muchos fans sienten que su lealtad debe ser recompensada.
- Las redes sociales intensifican esta dinámica, generando la ilusión de conexión con personas a las que nunca se ha conocido.
- Comunidades como los “swifties” —seguidores de Taylor Swift— muestran comportamientos colectivos que rozan la enajenación, defendiendo a su ídolo con ferocidad.
- Estos grupos desarrollan estructuras con jerarquías, códigos y mecanismos de exclusión, similares a los de una secta.
Según el testimonio del fotógrafo, quien pasó un día entero con Marc Jacobs durante el estreno de su documental en Venecia, algunos fans esperaban con el número de la revista que él había dirigido, otros con merchandising de Sofia Coppola. “Hay quienes se visten de gala y piden pizza bajo el sol, esperando una invitación que quizás nunca llegue”, comenta. Este grado de entrega no es infrecuente. La psicología explica que el delirio, caracterizado por la certeza absoluta, encuentra en el fandom un terreno fértil. El fan suele hablar con una seguridad que no tiene en otros aspectos de su vida, y esta convicción puede volverse tóxica cuando se traduce en acoso o violencia simbólica.
Quizas te pueda interesar :
Liza Minnelli revela secretos que nadie esperaba en sus memoriasPero no todo es negativo. Las pasiones compartidas también pueden ser salvadoras. Un colega relató cómo, creciendo en una pequeña ciudad del norte, encontró a su mejor amiga en un grupo de Facebook dedicado a Tavi Gevinson. Chappell Roan ha contado que su devoción por artistas pop le dio el coraje para perseguir su sueño de cantar, algo impensable en su entorno familiar. Las comunidades de fans ofrecen un refugio a quienes se sienten distintos, un espacio para construir identidad y sentido de pertenencia.
Admirar con entusiasmo la trayectoria de alguien que se respeta puede ser transformador. Conocer su trabajo, seguir su evolución, aprender de sus errores y celebrar sus logros ensancha nuestra propia experiencia. Pero hay un límite: idealizar hasta deshumanizar, exigir devolución o creer que se tiene derecho a controlar la vida de otro, cruza la línea. Que el mundo de los otros amplíe el nuestro, sin consumirlo.
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